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Un intento de aproximación a la obra de Miriam Calzada

Por Llilian Llanes

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Mucho tiempo ha pasado desde que era visita frecuente a República Dominicana y disfrutaba recorriendo los talleres de los artistas, quienes me tenían al tanto de sus últimas creaciones y nuevos proyectos. No menos interesantes eran los encuentros con los críticos e historiadores del país a los que siempre he respetado por su sostenida labor de investigación y difusión del arte nacional.

Al cabo de los años volví a Santo Domingo, con cierta nostalgia ante la ausencia irreparable de dos de mis grandes amigos en esta ciudad, Porfirio Herrera y Silvano Lora, cuyo recuerdo estará siempre vinculado a aquella atmósfera intensa y creativa que caracterizó el escenario artístico dominicano de los ochenta y noventa del pasado siglo. Muchas cosas ciertamente han cambiado, pero ello no quiere decir que se haya producido un estancamiento en el terreno del arte. Simplemente, el país está envuelto en una dinámica diferente que ha permitido la aparición de nuevos y promisorios talentos, los que, junto a las generaciones anteriores, dan cuenta de su notable potencial creativo. Dentro de este contexto, resulta aún más alentador, la energía que se observa en las viejas y nuevas instituciones vinculadas con las artes plásticas. El siempre querido Museo de Arte Moderno se revitaliza y se enfrenta a nuevos proyectos asumiendo el reto que implica la reciente aparición fuera de la capital de uno de los centros de arte más modernos de América Latina, desde el punto de vista de su concepción, diseño y objetivos de trabajo. Vale decir, el Centro León Jiménez, de Santiago de los Caballeros, con cuya aparición, el necesario diálogo entre la ciudad y el campo, tan escaso en nuestra región, ha encontrado un admirable sitio para el arte. Un espacio que no sólo permitirá la ampliación y diversificación de su público, sino también el enriquecimiento espiritual de un conjunto mayor de los ciudadanos de esta nación.

Hay que reconocer que la redinamización del Museo de Arte Moderno no sólo se percibe en su nuevo programa de exposiciones, encaminado a complementar el necesario registro de lo que ocurre en la escena nacional tanto como la imprescindible presencia de las expresiones foráneas; sino también en su decisión de invitar a curadores extranjeros para presentar la obra de los artistas del patio, en una muestra de confianza y generosidad que quisiera ante todo reconocer.

Debo confesar que cuando la artista Miriam Calzada me propuso trabajar con ella en su primera muestra personal en el Museo, no estaba muy segura de aceptar ya que implicaba hacer un largo paréntesis en mis actuales proyectos. Ciertamente, su obra me resultaba en extremo estimulante y sobretodo me cautivaba la pasión con la que la artista se enfrentaba a su trabajo. Hace mucho tiempo que dejé de ver tanta pasión en un creador. Pero lo que definitivamente me decidió a involucrarme en ella fue la certeza de que para la dirección del Museo de Arte Moderno, la presencia de un curador extranjero dentro de sus predios era bienvenida.

Doy pues las gracias a la Licenciada María Elena Ditrén, por la oportunidad que me ha brindado de ofrecer mi punto de vista sobre la obra de esta artista dominicana a la que admiro sinceramente por su rigor profesional, su pensamiento humanista y el nivel estético de sus ensayos fotográficos.

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Es sabido que en los últimos tiempos, se ha intensificado el uso de la fotografía por parte de artistas, cuya manera de expresarse había sido tradicionalmente la pintura u otros medios vinculados a las ya inusualmente llamadas bellas artes. Dentro de ese contexto hemos visto cómo la antigua controversia entre pintura y fotografía, que teóricamente se dio por zanjada ya en los medios artísticos, ha cedido lugar a una nueva polémica, enmarcada ahora entre aquéllos que utilizan los soportes fotográficos y echan mano de todo tipo de manipulaciones, y los “fotógrafos” que buscan una imagen fotográficamente pura, según las técnicas estandarizadas.

En efecto, hoy día hay creadores que están experimentando con el medio y llevan los materiales fotográficos a límites insospechados para lograr imágenes sorprendentes por sus cualidades estéticas y conceptuales. Pero esto no debería presuponer la deslegitimación de quienes aman aquel purismo fotográfico tradicional, legado de las generaciones que le antecedieron, ni viceversa.

En última instancia, la fotografía ha estado marginada del arte durante tanto tiempo que para lograr su legitimación y justo reconocimiento como lenguaje visual debería prescindir de todo este debate.

Es cierto que los fotógrafos, en el sentido ortodoxo del término, van constituyendo cada vez más un rara avis, sin contar que con la aparición de la cámara digital, se han multiplicado sus aficionados y resulta difícil encontrarse hoy día con alguien que tenga en su mano algunos de aquellos complicados artefactos que obligaban a medir luces, tomar distancia, utilizar determinado tipo de película, etc. De cualquier manera, como he leído en alguna parte, ante los crecientes avances tecnológicos que han puesto la fotografía al alcance de todos, convendría admitir que sólo cuando uno de estos artefactos es operado por alguien consciente del medio que tiene a su alcance, es que se obtienen imágenes que conmueven o despiertan emociones.

Lo cierto es que, no importa el evento al que se asista, la fotografía muestra un protagonismo nunca antes visto y en estos momentos constituye una de las manifestaciones más ricas, tanto por su variedad temática y conceptual, como por la complejidad de su realización. De cualquier manera es fácil distinguir entre aquellos creadores que la utilizan como un medio y aquéllos para quienes aún continúa siendo la forma fundamental de su expresión creadora. Indudablemente, Miriam Calzada pertenece a este último grupo.

Personalmente, siempre me ha interesado la fotografía dominicana, a muchos de cuyos principales maestros he tenido el privilegio de conocer. Sin embargo, reconozco que he estado muy desactualizada con relación a lo que ha venido ocurriendo dentro de esta manifestación en este país, durante los últimos años. No puedo menos que lamentar esta ignorancia sobretodo, cuando en mi última visita a Santo Domingo, Miriam Calzada me mostró sus trabajos así como los catálogos de otras colegas suyas comprobando que esta especialidad mantiene en República Dominicana, la vitalidad y la fuerza que siempre la han caracterizado. Llama la atención sobretodo la cantidad de mujeres dedicadas actualmente a la fotografía dentro del ambiente artístico dominicano, circunstancia ésta que probablemente haya favorecido el rescate reciente, de entre las sombras, de la sorprendente obra fotográfica de Hilma Contreras, cuyo vanguardismo en este campo la sitúa en un lugar destacado, no sólo dentro del arte nacional, sino también a escala latinoamericana.

Ahora bien, como en todas partes, en República Dominicana existen hoy día muchas formas de acercamiento y de utilización del lenguaje fotográfico, en la mayoría de los casos vinculados a las nuevas tendencias que tienen lugar en el escenario artístico internacional. No obstante, ese legítimo afán de experimentación no ha supuesto, afortunadamente en este país, la desaparición de aquéllas líneas de trabajo dentro de las cuales históricamente se ha desenvuelto esta manifestación.

Miriam Calzada es un ejemplo de ello. Su caso es el de una fotógrafa en el sentido riguroso del término ligada, desde el punto de vista de la historia del arte dominicano, a la tradición del paisaje, ámbito dentro del cual, de acuerdo con mi información, es la primera mujer en pertenecer, mérito que le asiste por la extraordinaria labor de investigación que desde años viene realizando de su territorio. Evidentemente, es la primera mujer en estos lares que ha tomado la naturaleza como centro de atención y motivo de su principal obsesión creadora.

Me atrevo a conjeturar que no existe en República Dominicana un archivo que abarque con tal nivel de riqueza y extensión el conjunto de su territorio –incluyendo mares y montañas, valles y costas, árboles y flores-, como el que tiene en su estudio esta artista, a la que nada de la geografía de su país le ha sido ajeno. No creo que haya panorama, relieve o detalle que se haya escapado al lente de esta creadora, cuyo ojo ha sido capaz de captar la magnificencia de lo inmenso tanto como la exquisitez de los detalles resumida en lo apenas imperceptible, a través de los más diversos acercamientos al escenario natural de su país.

Realmente nunca imaginé que podía tener frente a mí tanta potencia en imágenes, tanta fuerza unida a tal nivel de exquisitez y finura. Visitar el estudio de esta artista y recorrer el trabajo realizado por ella en un lapso menor de diez años, es una de las experiencias más apasionantes que he tenido en los últimos años.

Hay que decir que no ha sido su interés registrar el paisaje humano dominicano. En sus encuadres, parecería que eludiera cualquier elemento que pudiera contaminar la imagen conceptual deseada del entorno natural. Sin embargo, hay que reconocer que cuando lo figura humana aparece, pone de manifiesto su sensibilidad y sabiduría en ese difícil proceso de captar los caracteres esenciales de un pueblo. Quizás esto haya sido posible porque, de alguna manera, esas gentes interceptaron su lente y se encontraron con algo más que su ojo.

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Miriam Calzada nació en Guayaquil, de padre dominicano y madre ecuatoriana. Habiendo llegado con cuatro años a Santo Domingo, pocas son sus deudas con su país natal, salvo quizás esa discreta manera de comportarse, tan ajena a nuestro fulgor caribeño. Quien la ve por primera vez no podría imaginar la fuerza de espíritu, la tenacidad y energía de su temperamento, atributos sin los cuales no hubiera podido enfrentar una obra que en ocasiones ha implicado riesgos físicos.

Su formación profesional dentro de la fotografía la recibió en los Estados Unidos de Norteamérica aunque vale decir que su afición por la misma le sobrevino en Europa, ante el embrujo de los fiordos de Noruega. Lo cierto es que aquel hechizo parece estar detrás de esa, su obsesión por los acantilados, y de su pasión por la monumentalidad. Pero esta huella no se concretaría sino muchos años después.

En un plazo más corto, lo que realmente determinó su rumbo profesional fue su paso por Dinamarca, según ella misma confiesa. La calidad de la publicidad y de la fotografía comercial que vio en dicho país la entusiasmó de tal manera que cuando regresó a los Estados Unidos, decidió abandonar la idea de estudiar Derecho como tenía previsto, para dedicarse definitivamente a aquella profesión.

En Washington matriculó algunos cursos de arte en Corcovan School of art que según ella, no le reportaron nada sustancial y para compensar lo que a su juicio le faltaba a los estudios académicos, se empleó como asistente de un fotógrafo norteamericano que de quien aprendió básicamente la realidad del oficio. Más tarde, entraría en Washington School of photography donde estudiaría una serie de materias técnicas que le resultarían de extraordinaria utilidad, sobretodo las relativas al trabajo con la luz y la iluminación de objetos, y otras relacionadas con el uso de los tipos de películas y las diferentes formas de revelados. Al parecer fue allí donde aprendió todo lo que necesitaba sobre la técnica y el trabajo de laboratorio.

Aunque la propia artista no le da mucha importancia a su paso por Corcovan Center, desde el punto de vista de los estudios de fotografía, no cabe dudas de que esta institución le ofreció una base artística y cultural de utilidad en el proceso de su formación como creadora. En fin, alguna vez le he oído decir que Washington School of art le dio la técnica y Corcovan le abrió el mundo del arte, en particular por las exposiciones de fotografía que constantemente se hacían en sus salones.

No se debe pasar por alto que como parte de su adiestramiento, la estudiante debía salir a la calle y tomar fotos dentro de lo que se conoce como las técnicas del fotoperiodismo. Pero este entrenamiento no lo utilizaría de inmediato, interesada inicialmente en lo fundamental, en todo lo relacionado con la publicidad. Este sería justamente su campo de trabajo, cuando una vez terminados sus estudios, volvería a casa.

Corrían por entonces los años ochenta y llegó a Santo Domingo en medio de la fiebre de exportación que vivía el país; en aquél momento de efervescencia comercial, cuando la demanda de catálogos para promocionar los productos se incrementaba día a día, cuando cada compañía o empresa quería colocar sus artículos en el mercado y se abrían todas las oportunidades a la fotografía publicitaria.

Un nicho que aprovechó la recién graduada para abrir su estudio propio y dedicarse a cubrir la creciente demanda del mercado. El éxito de su trabajo le permitió mantener abierto ese estudio por un lapso de nueve años que sólo se cerró por razones ajenas a la profesión.

Ahora bien, aunque su práctica se redujo casi exclusivamente a la fotografía comercial, la rutina de trabajo en el estudio le proporcionaría inevitablemente una gran experiencia y sobre todo le daría un dominio de la técnica y en particular de la luz, que más tarde le serían de extraordinario valor. El dominio que adquirió por ejemplo, en todo lo concerniente al trabajo de iluminación es lo que hoy día le permite no hacer uso del fotómetro. No sin un dejo de orgullo afirma que “su ojo es un fotómetro”.

De todas maneras, aunque en estos años se empleó a fondo en el medio publicitario, no dejó de realizar algunos otros trabajos más personales. Me contaba hace unos días que por entonces salía cámara en mano y hacía retratos espontáneos de la gente de la calle. Paradójicamente, fue también por entonces que comenzó a interesarse por el paisaje marino y la flora local, cuando en sus salidas de fin de semana fuera de la ciudad, el entorno natural de su país se le hizo presente.

Un día tuvo que cerrar el estudio y abandonar su vida profesional durante un período que se extendió por ocho años. Pudiera parecer demasiado tiempo. Pero lo cierto es que ese lapso, aún con el desgarramiento que supuso el alejamiento de la profesión, le sirvió para reconsiderar las que hasta entonces habían sido sus prioridades con relación a la fotografía.

En mi opinión personal, no creo que ese paréntesis le haya servido exclusivamente para replantearse lo que hasta ahora había sido su trabajo como fotógrafa. Indudablemente, esa fue una etapa de gran intensidad, desde el punto de vista emocional para ella, dentro de la cual su carácter se fortaleció, su espíritu se enriqueció y sus perspectivas de vida se modificaron en todos los aspectos. Una época en la que enfrentada a la grandeza de la Naturaleza y a sus misterios, logró finalmente encontrar su camino en el arte y canalizar su energía creadora, mediante lo que ella misma ha llamado, su íntimo pacto con la tierra.

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La República Dominicana, como muchas otras islas del Caribe, parecería estar configurada exclusivamente por su litoral, y en particular por sus extensas playas. Esa Dominicana profunda, la de “ojalá que llueva café en el campo”, no sólo se escapa a la vista de muchos extranjeros, sino también a la de una gran parte de su población que, por razones que no vienen al caso analizar, no tiene el hábito de mirar hacia adentro. Un proceso en el cual se deja escapar el sentido de pertenencia a un territorio, en cuya diversidad están las raíces de la propia identidad.

No han sido pocos los fotógrafos dominicanos que han llamado la atención sobre las peculiaridades del ser dominicano, sobre las características de su paisaje rural y sobre sus mitos y cultos populares. Entre ellos resulta imprescindible mencionar al santiagueño Domingo Batista, cuya consistente obra sobre la naturaleza y el hombre dominicano tanto ha enriquecido al público nacional y extranjero a lo largo de su carrera.

Justamente dentro de esa tradición se enlaza la obra de Miriam Calzada cuyos trabajos vienen a enriquecer con extraordinaria fuerza y original sensibilidad, el panorama del arte dominicano y en particular el de su fotografía, ámbito en el cual ha hecho notables contribuciones, no sólo por la peculiaridad de su mirada, sino por la profundidad y el rigor con que ha elaborado su discurso.

La obra de Miriam Calzada es un diálogo permanente entre dos pares polares, entre una visión macroscópica del mundo y entre esa otra que se regodea en las particularidades. En ella están presentes tanto la imagen de inasible grandeza que ofrece la Naturaleza, como la sorprendente belleza que se descubre ante lo aparentemente insignificante, perspectivas ambas que por lo general pasan inadvertidas al ojo común. Sus imágenes se aproximan y se alejan en un intento por conformar ese todo que es el universo natural que nos rodea.

Muchas son las acciones que están teniendo lugar en los diferentes países, en el propósito de alertar al mundo sobre el inminente deterioro que está sufriendo el planeta. Diversos son también los puntos de vista utilizados por los creadores para llamar la atención sobre un asunto que en el arte se viene abordando desde hace varias décadas. Pero simplificando el tema, se podría decir que de un lado están los que en ese afán por detener la destrucción inminente del planeta, ponen al descubierto los daños inflingidos al entorno natural; del otro, los que apelan a la exhibición de la belleza que todavía posee, advirtiendo sobre su posible pérdida si no se toman medidas que garanticen la supervivencia de nuestra especie. Miriam Calzada está en este último grupo, al de aquéllos que prefieren lograr su preservación apelando a la sensibilidad del ser humano ante la belleza y a su capacidad de reconocerse en ella.

Enmarcada de la fotografía tradicional, su poética se mantiene como ya se ha dicho, dentro de la línea del paisaje, oscilando entre la reflexión filosófica y la intriga que producen las formas plásticas extraídas de la Naturaleza.

Prescindiendo de toda narrativa, libera una potencia emocional a través de las imágenes que constituyen precisamente las claves para lectura de su obra. Esas imágenes, ajenas a toda retórica son simples, situadas en composiciones armónicas, con volúmenes claramente definidos utilizando el vocabulario formal que le brinda la naturaleza misma.

Hay que decir que en sus fotografías la luz constituye un factor a tener en cuenta; no porque tengan un particular protagonismo en aras de lograr efectos lumínicos, de sombras o reflejos anecdóticos, sino porque le sirve como forma de llamar la atención sobre elementos cotidianos que pasan por nuestros ojos sin que reparemos en ellos. En última instancia, sus imágenes llenas de poder, tienen la capacidad de abrir nuestra sensibilidad más íntima.

Nuestra artista usa para su trabajo una cámara Hasselblad, de firma sueca, de mucho prestigio entre el mundo de los fotógrafos, y entre otras cosas cuenta con un lente alemán hecho a mano. Con ella Miriam empezó a hacer los viajes por todo el territorio de la isla Hispaniola que cubre la República Dominicana. Primero sola y después con algunos de los expertos de medio ambiente del país con quienes en muchas ocasiones ha formado equipo, lo que le ha permitido obtener un conocimiento más profundo de las particularidades del territorio nacional. Ya sea en largas expediciones terrestres, ya sea colgada de un helicóptero, las imágenes captadas cubren la casi totalidad de sus áreas.

De un lado el mar y sus costas, Montecristi, la Bahía de Luperón, Puerto Plata y Samaná, por el Norte; Macao, Dominicus, Saona, hacia el Este; un recorrido que sigue por el sur de la Isla para mostrar las dunas y arenazos de Baní, las costas de Pedernales con sus acantilados, hasta llegar a la Bahía de las Aguilas en la frontera con Haití.

Un panorama extraordinario de la silueta de la esta isla en el que se muestra desde el profundo azul del mar Atlántico hasta los turquesas más encendidos del Caribe; desde las playas más conocidas, con sus arenales, hasta los macizos de manglares y los imponentes acantilados. Esa línea que marca el punto de enlace entre el mar y la tierra ha sido recogida por la cámara de Miriam en toda la gama y variedad de matices y formas, abarcando al mismo tiempo un cielo extraordinariamente enriquecido por sus nubes.

Ya había sido hechizada una vez por el mar, allá en Noruega. Pero sería en su país natal donde descubriría la energía de ese verde compacto que exhibe el campo dominicano y que adquiere los tonos más diversos en las diferentes zonas que conforman su territorio. Ya sea en el valle o la montaña, en las costas o las sabanas, esas masas de verdes van pasando por nuestros ojos, hasta descubrir en la superficie de una simple hoja, el profundo equilibrio que nos proporciona el encuentro íntimo con la vida en su prístino sentido.

Al igual que con la costa, el interior del país se presenta desde el tope de la cordillera hasta los acuíferos que forman los ríos en su recorrido hasta la desembocadura; los árboles, los troncos, los helechos, las flores, los caminos y los mantos que los cubren. Y todo ello captado no sólo utilizando ángulos muy personales sino esperando la luz adecuada y el momento preciso de lo que resultan piezas en las que se resume sus prepuestos estéticos y dan fe del dominio de la técnica fotográfica y de su rigor profesional.

Desde luego, también están presentes en este imaginario, las cordilleras y los valles, tierra fértil y hermosa, bendecida por los duendes que parecen habitarla, que sólo se descubre entrando a las profundidades del país. Y para quienes, como yo, no han pasado de la capital, recorrer estas imágenes que hablan de la existencia de un mundo que quizás no nos merezcamos, es sin duda un regalo al espíritu.

En última instancia, para ella la fotografía se ha convertido en un medio para mostrar cosas que todos conocen o han visto pero a las que nadie presta atención. En ese propósito, ha extremado la profundidad de su mirada, para dar la inmensidad de los espacios que plantea por ejemplo, el paisaje marino tanto como la grandilocuencia que exhiben las cordilleras y montañas. Con una sensibilidad superior y una tenacidad fuera de todo límite, esta artista ha dedicado mucho tiempo y energía a registrar ese universo inadvertido para muchos.

Hasta ahora Miriam Calzada no ha mostrado su obra de conjunto. Se conocen de manera aislada algunos de sus ensayos fotográficos, pero esta es la primera vez, que el público puede obtener una visión más aproximada de lo que constituyen sus presupuestos conceptuales y estéticos. Me ha parecido entonces conveniente, hacer una selección de sus trabajos que permitan resumir los que hasta ahora han sido sus principales ensayos.

Conviene aclarar que aunque no ha sido hasta ahora su interés fundamental, dentro de esa su visión cosmogónica del país, aparece una población hermosa en su modestia capaz de sostener un diálogo respetuoso y creativo con su hábitat que me ha parecido importante colocar en esta muestra.

Para una mejor comprensión de su discurso, la exposición ha sido dividida en cinco módulos a través de los cuales el espectador podrá disfrutar del correspondiente diálogo entre las imágenes, intentando al mismo tiempo resumir los diferentes puntos de vista utilizados por ella a la hora de concebir sus trabajos.

Debo confesar que este ha sido un ejercicio que me ha reportado una enorme satisfacción pues he debido enfrentarme a una artista cuya producción, en términos cuantitativos y cualitativos, resulta verdaderamente un reto para cualquier especialista. Ante el rigor profesional, el nivel de creatividad, la sensibilidad y la modestia de Miriam Calzada, no puedo menos que agradecer que me haya permitido incursionar en sus archivos para descubrir que todavía existen artistas en nuestra región cuya razón de ser es el reconocimiento de su identidad propia.

Llilian Llanes
Ciudad de la Habana
Diciembre de 2005


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